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Santo Domingo

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El fin de semana empezó un poco picado. La remontada de San Martin de San Juan frente a Olimpo nos dejó en zona de descenso directo y yo sentí que el mundo se me venía encima. Yo fui uno más de los que padeció el descenso de San Lorenzo en el 81 y sentí que estaba volviendo a  vivir otra vez esa historia.

El fin de semana traté de asignarme todo tipo de actividades a fin de evitar el  partido. Pero el Domingo a las 15:30 no tenía nada para hacer y no me quedó otra que enfrentar el destino con hidalguía y estoicismo.

La semana pasada mi hijo grabó a escondidas una observación que tuve respecto al gol que nos hizo Unión sobre la hora y la subió a Facebook para que sus amigos descubran si el autor de ese comentario era yo o el Tano Passman. Por eso esta semana frente a Newell’s invoqué al dios de la armonía terrenal a fin de enfrentar lo que yo presagiaba como una terrible masacre, sumido en un estado de Budismo Zen que dejaría absorto al mismísimo Dalai Lama.

Incluso decidí sacarle el audio a la TV para que ningún sonido interrumpa mi estado de meditación. Patricia leía un libro de Mankel a mi lado y a los 20 del primer tiempo levantó su mirada y me preguntó: – ¿Cómo, ya les hicieron un gol? – a lo que respondí cual Kwai Chang Caine  – “Claro. ¿Qué te sorprende? Estamos en la B”. Tal debe haber sido el estupor provocado por la paz de mi respuesta que abandonó su libro y empezó a seguir las alternativas que se sucedían en el Bajo Flores.

10 minutos después los defensores se entretuvieron tanto con un balón que decidieron compartirlo con un delantero de Newell’s para que meta el segundo.  – “PERO QUE PAR DE PELOTUDOS!!!” se escucho gritar en casa. Equivocan quienes piensan que me saqué. Yo seguía imperturbable cuan Buda con Clonazepam, mientras Patricia no podía creer lo que estaba viendo: 2 a 0 en contra y creo que pasábamos del descenso directo al infierno automático.

Por primera vez me exalté un poco y levanté la voz para decirle “¿Te pensás que logré este estado Alpha con una voluntad inexplicable y me la vas a alterar vos con tus gritos? Callate y seguí mirando como nos vamos a la B o volvé a tu libro”. Me exalté con mi esposa, pero no con los 11 adormecidos testigos de la victoria leprosa.

Por suerte llegó el entretiempo, donde aproveché para pegarme un baño y dudé por un rato recostarme en la cama y pedir que me despierten en Agosto del 2013 sólo si conseguíamos retornar a la A. Pero no; me mantuve firme en la convicción de ser testigo de esta tragedia con la pasividad y el estoicismo de los músicos del Titanic.

Cuando a los cinco de la segunda mitad, San Lorenzo conseguía por primera vez y de manera colosal, colocar un centro en la cabeza de un azulgrana, supuse que algo histórico estaría por acontecer; y no me equivoqué: “metimos un gol”. Los sorprendente es que inmediatamente después la cámara tomaba la imagen de un hincha festejándolo en la tribuna y yo no podía entender quién podía festejar en ese estado de depresión. Habíamos pasado de estar muertos a estar medio muertos. Me parecía obsceno gritar lo infestejable, por lo que continué mirando la tele con la excitación de quien mira un gol del Ana Yokohama en la copa Kirín.

Sin embargo, empecé a notar un entusiasmo en nuestros muchachos que casi empezaba a interesarme tanto como la melena al viento de músico bailantero que revoleaba el incansable Buffarini. No voy a negar que segundos antes del cabezazo del uruguayo Bueno (me refiero a Carlos; el uruguayo Malo es Salgueiro), seguía pensando que la B era un camino mas irrevocable que la biaba eterna del Bambino Veira. Pero el destino es así. Buffarini tiró el centro más acertado que le vi a un jugador de San Lorenzo en los últimos 3 años y la cabeza del uruguayo Bueno funcionó como un desfibrilador en mi pecho. Pegué un salto de sillón que motivó la envidia de Bubka e Isinbayeva juntos y empecé a gritar como un loco. Y ojo, seguía pensando que estábamos en la B, pero al menos nos íbamos a ir de una manera más digna: peleándola hasta el final. Corría sangre por las venas de esos muchachos y la constatación de ese hecho servía de testimonio para soñar con un milagro.

A esa altura llegó Tiago a casa y los tres eramos un manojo de nervios frente al televisor. Malditos cuervos, yo ya me había resignado a una muerte silenciosa y me tenían ahí, otra vez, angustiado frente a cada corrida de Bueno y Gigliotti que me cortaban esa respiración que tan bien había creido controlar.

Primero fue el pecho de Peratta, después el travesaño. Estábamos generando más situaciones de gol en un tiempo de 45 minutos que en todo el torneo juntos. Parecíamos un equipo de fútbol. Eso que se supone que somos, estábamos demostrándolo. El espectáculo de las tribunas era inenarrable. Twitter explotaba de fe, de rabia y de angustia. No sabíamos si queríamos creer o preferíamos permanecer en la temida tiniebla.

Pero cuando entramos en los últimos 5 minutos, volvimos a pensar que valía la pena el dolor, el sufrimiento y esta frágil sensación de que un disparo certero de un pelilargo veinteañero rojinegro podía aniquilarnos en la última estocada.

Por fin la agarró el Pipi y decidió jugársela con inteligencia por el costado, bordeando el área para llevarse a los rivales y dejar un espacio en el medio adonde descargar sobre el resucitado Gigliotti que metió esa cabeza histórica y enorme para hacer explotar el grito más angustiante y redentor de nuestras almas.

No lo podíamos creer. Nadie lo podía creer. Ni Viggo en Washington creía que era posible lo que el mismo Aragorn no habría logrado nunca jamás. No era un 3 a 2. Era pasar de la muerte a la resurrección en menos de una hora. Era saber que lo que parecía una utopía, podía hacerse realidad.

Nos abrazamos interminablemente. Nos estaba pasando a nosotros.

Me pellizqué una y mil veces creyendo que el partido de ayer a la tarde nunca había existido y solo lo soñé en mi imaginación. Volví a recordar todo lo que sufrimos los hinchas de San Lorenzo a lo largo de la historia y el valor que tiene cada pequeña cosa que logramos.

Nadie dice que nos salvamos. Podemos perder la próxima fecha y volver al infierno del descenso. El fantasma de la B sigue rondando. Pero una vez más demostramos que estamos vivos para dar batalla. Somos San Lorenzo. No se olviden de eso.

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  1. Patricia
    mayo 29, 2012 a las 4:19 pm

    Siendo una protagonista directa de esta historia, no puedo más que felicitar al autor por su brillante pluma a la hora de narrar éste momento de tarde de futbol en familia (algo que no me sorprende en absoluto conociendo lo bien que se le da la escritura) Sin duda un relato visceral de los sentimientos más profundos de un verdadero hicha de futbol sufriente…una experiencia que muchos compartirán seguramente….vamos! que las mujeres no sabemos nada de futbol, pero por suerte sabemos disfrutar la pasión de nuestros maridos…en todo sentido.

    • hazanmartin
      mayo 29, 2012 a las 6:09 pm

      No vale. en este comentario hay un claro favoritismo….. Gracias mi amor…

  2. mayo 29, 2012 a las 9:42 pm

    Ser hincha del cuervo es querer realmente a tu equipo… Siempre sufriendo!🙂

  3. mayo 29, 2012 a las 11:53 pm

    Excelente Martín, me hiciste revivir ese histórico momento. Solo un hincha de San Lorenzo puede saber lo que se siente morir y resucitar en un instante, sintiéndose orgulloso de portar sangre azul grana.

  4. Claudio
    mayo 30, 2012 a las 10:59 am

    Pero no hermano, yo que me fui a dormir sin saber que podria pasar (6 horas de diferencia), y cuando me levante vi el resultado directo (salvandome de todo el sufrimiento), leyendo tu relato me puse tan nervioso que no sabia si iba a entrar el ultimo gol o no! Ahora si, el proximo partido si pensas escribir avisa antes el resultado asi no me lo tomo tan a pecho… (los tristes recuerdos del 81 son dificiles de recordar… y ahora no esta el Toto Lorenzo para prepara el falcon…)
    Vamos Cuervo!!!

  5. Gonzalo Domingo
    mayo 30, 2012 a las 6:14 pm

    Excelente relato del realismo mágico que es hoy San Lorenzo

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